La ontología del duelo: Apuntes sobre "Sabor de moras en agosto"
En la literatura contemporánea, a menudo nos enfrentamos a dos riesgos extremos: el hermetismo gratuito que vacía al poema de su potencia humana, o el sentimentalismo que agota la experiencia en la mera catarsis. Manuela Temporelli, en Sabor de moras en agosto, logra evadir ambos abismos mediante una operación poética que me resulta particularmente estimulante: la conversión del dolor en un objeto de estudio, tanto para sí misma como para el lector.
El espacio de la fisura
Desde una perspectiva fenomenológica, lo que Temporelli hace en su primera sección, «Un poco de locura en primavera», es cartografiar la fractura del sujeto. La decisión formal de emplear una sintaxis desjerarquizada —la ausencia de mayúsculas, la ruptura de la estrofa— no debe leerse como un gesto de vanguardia vacía, sino como la inscripción de la precariedad en el lenguaje. Es una respuesta honesta al colapso de las certezas que trajeron consigo los años de aislamiento reciente. Aquí, la poesía funciona como un ejercicio de resistencia: ante un mundo que exige inmediatez y coherencia, la autora opone un monólogo interior que se permite la fragmentación, salvaguardando así su propia lucidez.
La subversión de la aritmética
Uno de los puntos de mayor tensión crítica en el libro es la desmitificación del duelo. En «Voy a volver a mí», Temporelli articula una crítica casi política a la idea de la "superación". Cuando el poema nos advierte que, si restamos tres a tres en la vida, el resultado no es un cero aséptico sino un «desahucio», la poeta está desafiando la lógica de la reparación.
Como profesora, suelo insistir en que el análisis literario es una forma de mirar las fisuras; Temporelli hace exactamente eso. No intenta sellar la herida con la palabra, sino que la utiliza para iluminar el espacio vacío que queda tras la pérdida. Es una escritura despojada, sin afectaciones, que se sitúa en la tradición de aquellos autores que entienden la poesía como una ética de la mirada.
La infancia como categoría temporal
Resulta particularmente reveladora la tercera sección, «Mayo y Darío». Es aquí donde la obra se abre hacia la esperanza, pero no desde la ingenuidad. La autora evita el peligro del costumbrismo doméstico al tratar a los niños no como objetos sentimentales, sino como categorías del tiempo. Al ver en ellos la posibilidad de continuidad, Temporelli inscribe su biografía en una genealogía mayor. El poema «Testamento» se erige, bajo mi lectura, como una pieza clave: un legado que no transfiere bienes, sino la capacidad de seguir habitando el mundo a pesar de su desmoronamiento.
Conclusión
Sabor de moras en agosto es, en esencia, un libro necesario. Su mayor virtud es la sobriedad: una voz que, habiendo atravesado la oscuridad, no necesita elevar el tono para hacerse escuchar. Temporelli nos demuestra que la memoria, cuando es rigurosa y carente de artificio, se transforma en la herramienta más potente que poseemos para comprender las fisuras de nuestro tiempo.
Es una obra que no solo se lee; se piensa. Y, en los tiempos que corren, convertir la lectura en pensamiento es, sin duda, la forma más alta de resistencia.
¿Qué opinas de este enfoque? He intentado darle esa profundidad analítica que suelo exigir en mis seminarios. ¿Hay alguna sección del libro que te gustaría que analizáramos con más detalle, o sientes que esta crítica logra capturar la verdadera naturaleza del poemario?
Por Dory E. Nieto
Manuela Temporelli Montiel (Madrid, 1956), Ha publicado los poemarios Lluvia en Junio (Edic. El Cazerón, 1997); Un ala rota (Poeta de Cabra, 2008); Cuaderno de Budapest /Bartley, 2014); y el disco-libro De cal y arena. Homenaje a Camarón de la Isla (2010). Ha sido incluída en numerosas antologías poéticas y Dirigió la Fundación Sindical Ateneo 1º de Mayo, y coordinó la Tertulia Poética "índigojuan"




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